Hay historias que parecen escritas por el mejor guionistas. La de Daniel Valencia es una de ellas. Antes de convertirse en uno de los máximos símbolos de Talleres y en Campeón del Mundo con la Selección Argentina, La Rana fue un chico que vivía literalmente debajo de una tribuna en Jujuy. Allí, en la cancha de la Liga Jujeña, donde su padre trabajaba como canchero y su mamá vendía empanadas por una ventana que daba a la calle, empezó a construir un camino que lo llevaría a lo más alto y hace unos días repaso junto a El Gráfico.
A los 19 años dejó su tierra para llegar a Córdoba, ciudad que nunca más pudo dejar. Lo hizo con una mezcla de ilusión, nostalgia y talento. En Talleres encontró un lugar donde desplegar todo su fútbol. Con su habilidad, su visión de juego y esa manera tan particular de entender la pelota, se transformó rápidamente en una de las figuras de aquel equipo inolvidable que maravilló al país durante los años 70. Un equipo que competía, y además jugaba de una forma que todavía hoy sigue siendo motivo de orgullo para los hinchas albiazules.
Desde Córdoba también comenzó a escribir su historia con la camiseta argentina. César Luis Menotti vio en aquel joven jujeño algo especial y lo convirtió en una pieza importante de la Selección. Valencia fue el número 10 titular en el arranque del Mundial de 1978 y compartió equipo con varios futbolistas que también habían hecho grande a Talleres, como Luis Galván y José Daniel Valencia. Aquella Copa del Mundo terminó con Argentina en lo más alto y con la Rana cumpliendo el sueño que había comenzado muchos años antes en una humilde vivienda bajo una tribuna.

Más allá de los logros deportivos
Sin embargo, cuando recuerda aquel logro, Valencia no habla de medallas ni de trofeos, habla de su madre. De las empanadas que ayudaron a sostener a la familia. De los kilómetros recorridos para volver a abrazarla después de la final. Porque detrás del campeón del mundo siempre estuvo aquel chico jujeño que nunca olvidó de dónde venía.
En la extensa entrevista publicada por El Gráfico, la Rana repasa una vida atravesada por el fútbol, la amistad y la lealtad. Recuerda con emoción a Menotti, a quien definió como un segundo padre, y también reivindica aquellos valores que marcaron a una generación de futbolistas. Los mismos que lo llevaron a rechazar propuestas de los clubes más poderosos del mundo porque era feliz defendiendo la camiseta de Talleres.

A casi cinco décadas de la conquista de Argentina en 1978, la historia de Daniel Valencia sigue emocionando. Porque habla de esfuerzo, de pertenencia y de sueños cumplidos. Pero también porque representa como pocos el vínculo entre Talleres y la Selección Argentina. Un recorrido que empezó debajo de una tribuna en Jujuy y terminó con la gloria máxima del fútbol mundial.
Hay historias que parecen escritas por el mejor guionistas. La de Daniel Valencia es una de ellas. Antes de convertirse en uno de los máximos símbolos de Talleres y en Campeón del Mundo con la Selección Argentina, La Rana fue un chico que vivía literalmente debajo de una tribuna en Jujuy. Allí, en la cancha de la Liga Jujeña, donde su padre trabajaba como canchero y su mamá vendía empanadas por una ventana que daba a la calle, empezó a construir un camino que lo llevaría a lo más alto y hace unos días repaso junto a El Gráfico.
A los 19 años dejó su tierra para llegar a Córdoba, ciudad que nunca más pudo dejar. Lo hizo con una mezcla de ilusión, nostalgia y talento. En Talleres encontró un lugar donde desplegar todo su fútbol. Con su habilidad, su visión de juego y esa manera tan particular de entender la pelota, se transformó rápidamente en una de las figuras de aquel equipo inolvidable que maravilló al país durante los años 70. Un equipo que competía, y además jugaba de una forma que todavía hoy sigue siendo motivo de orgullo para los hinchas albiazules.
Desde Córdoba también comenzó a escribir su historia con la camiseta argentina. César Luis Menotti vio en aquel joven jujeño algo especial y lo convirtió en una pieza importante de la Selección. Valencia fue el número 10 titular en el arranque del Mundial de 1978 y compartió equipo con varios futbolistas que también habían hecho grande a Talleres, como Luis Galván y José Daniel Valencia. Aquella Copa del Mundo terminó con Argentina en lo más alto y con la Rana cumpliendo el sueño que había comenzado muchos años antes en una humilde vivienda bajo una tribuna.

Más allá de los logros deportivos
Sin embargo, cuando recuerda aquel logro, Valencia no habla de medallas ni de trofeos, habla de su madre. De las empanadas que ayudaron a sostener a la familia. De los kilómetros recorridos para volver a abrazarla después de la final. Porque detrás del campeón del mundo siempre estuvo aquel chico jujeño que nunca olvidó de dónde venía.
En la extensa entrevista publicada por El Gráfico, la Rana repasa una vida atravesada por el fútbol, la amistad y la lealtad. Recuerda con emoción a Menotti, a quien definió como un segundo padre, y también reivindica aquellos valores que marcaron a una generación de futbolistas. Los mismos que lo llevaron a rechazar propuestas de los clubes más poderosos del mundo porque era feliz defendiendo la camiseta de Talleres.

A casi cinco décadas de la conquista de Argentina en 1978, la historia de Daniel Valencia sigue emocionando. Porque habla de esfuerzo, de pertenencia y de sueños cumplidos. Pero también porque representa como pocos el vínculo entre Talleres y la Selección Argentina. Un recorrido que empezó debajo de una tribuna en Jujuy y terminó con la gloria máxima del fútbol mundial.









